:::Perspectiva de Rion:::
El tiempo pasaba lentamente, inundado en un silencio insoportable
que llenaba aquellos segundos de vida, en esa habitación, eran simplemente algo
más de lo que seguramente no recordaría después de un momento.
No había nada.
-Siento no haberlo dicho antes.
-No hay problema, hoy no tengo mucho qué hacer.
-No fuiste a la escuela...
-Tampoco tú, así que no estás en posición de decírmelo.
-No fue un sermón.
Permanecía valiosos segundos de mi vida sentada en el piso
de la sala en casa de Piko, quien sólo estaba de pie frente a mí, con sus ojos
inexpresivos. Mis rodillas comenzaban a dolerme, de estar tanto tiempo sobre
ellas, por lo que simplemente opté por sentarme normalmente, mientras volvía a
perderme en mis pensamientos.
-Lo siento.- Dijo él desviando la mirada, evitando cualquier
contacto visual conmigo.
-Tú no tienes por qué.- Mi garganta se secó de la nada. Mi
voz se entrecortó sin razón, impidiéndome continuar.
-Está bien si decides irte.
-¿Acaso quieres que me vaya?
-¿Acaso quieres oír la verdad?
No pude responder.
-Como pensé.
-No es mi culpa.
-Nunca dije que lo fuera. Pero es evidente que escuchar la
verdad te duele más que nada.
-No me duele.
-¿A quién tratas de engañar, Rion?
-Supongo que a ti.
Ciertamente, decir que no me dolía era completamente
distinto a que no lo hiciera. Suelo ser una persona fuerte, aunque eso no tenía
mucho que ver, cualquier persona se quedaría pensativa ante una situación como
en la que ahora me encontraba.
-¿Quieres llorar?
-Sí.
-Está bien.
-No puedo.
Piko se agachó, sentándose frente a mí y tomó mi cabeza con
ambas manos para levantarla. Las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos
abiertos como platos, mientras que lo único que podía distinguir a causa de
esto era su cabello blanco y sus ojos, uno azul y uno verde, ambos mirándome
fijamente de forma inexpresiva.
Entonces, pude sentir cómo en mi rostro se encendía un tono
rojo, tan vergonzoso que lo único que pude hacer fue bajar mi cabeza y cubrirme
la cara con mis manos.
Y ahí estaba. Avergonzada de mí misma; sintiendo que ya no
podía parar de llorar. Piko por el contrario, sólo me abrazó y entonces fue
cuando rompí en llanto. Yo solía ser la mayor, la más fuerte y decidida, pero
esa imagen se rompió en aquel instante.
Pero hay que volver atrás…
Esta mañana me levanté con ánimos, cosa rara en mí. Lavé mi
cara y me miré al espejo, contemplando el reflejo de mis ojos como si se
tratara de otra persona. “No importa lo que digan, tú eres hermosa” Pensé. Corrí hasta mi cuarto para vestirme,
pero mis pasos fueron bajando su velocidad y opté por volver a la cama. En eso
puedo escuchar a mi madre gritar desde la planta baja de la casa:
-Rion, ¿Ya te estás preparando?
-No quiero ir a la escuela.- Dije volteándome en la cama
para que las almohadas no cubrieran mi boca.
-Tú decides, pero ya sabes lo que trae eso. Sólo no esperes
una calificación perfecta.
-Lo sé, mamá. Estoy segura de eso.
-Bien.
Entonces me quedé dormida.
Después de un rato, sentí la almohada húmeda y desperté algo
aturdida. Claro, era mi baba. Fui a lavarme la cara nuevamente, eran las 10:18
A.M. y yo seguía en mi ropa de dormir, una camiseta rota y holgada color
violeta y un viejo short blanco, que me quedaba muy corto como para seguirlo
usando normalmente. Fui a mi cuarto y me vi en el espejo de cuerpo entero.
-Cielos, doy asco.-Dije para mí misma.
Y ciertamente, mi cabello parecía el de una vagabunda, pero
cepillarlo era sólo una pérdida de tempo. Aún así lo hice, me vestí con las
primeras prendas que encontré y bajé a la cocina a tomar mi desayuno. Ahí
estaba mi padre, parecía muy alterado y dudaba en preguntarle o no qué le
sucedía.
-Papá, ¿Estás bien?- Pregunté de todos modos.
-Claro hija, sólo estoy algo preocupado por un asunto del
trabajo, necesito llegar a tiempo.
-Entiendo. No te preocupes, seguro todo saldrá genial.
-Gracias Rion- Dijo y besó mi frente, levantándose de la
mesa. Recogió sus cosas y se despidió de mamá, yéndose así a su trabajo.
Para ser sincera, no tengo la más mínima idea de en qué
trabaja, creo que se dedica a algo relacionado con medicina, ya que en la
habitación tienen un armario lleno de frascos y cosas así.
-Mamá ¿Puedo ir a casa de Piko?- Pregunté con el tono más
amable que pude conseguir.
-No fuiste a la escuela, ¿Y quieres que te deje ir con tus
amigos?- preguntó algo molesta.
-¡Pero estoy muy preocupada por él! No ha ido a la escuela,
no responde los mensajes que le envío y tampoco contesta el teléfono, sólo
desapareció.- Dije de manera que mientras más decía, más rápido comenzaba a
hablar.
-Escucha, Rion. Sé que Piko es tu primo y que te llevas muy
bien con él, pero no pueden estar juntos todo el tiempo, cada no tiene cosas
diferentes qué hacer. Seguro tendrá una buena razón para no comunicarse con sus
demás amigos.- Respondió mi madre, con un ligero tono de sermón, pero sobre
todo de consejo. Ella siempre suele saber bien lo que dice, es una gran amiga,
a parte de excelente cocinera.
-Lo sé, pero me tiene intranquila lo que puede haberle
pasado.
-No te preocupa lo que pudo haberle pasado, sino lo que
puede llegarle a pasar. Sé que la compañía suele ser buena, hija; pero en esta
vida debemos aprender a solucionar nuestros propios problemas y enfrentarnos al
mundo por nosotros mismos.
-Mamá, ¿Tomaste los libros de mi estante?
-Tal vez tomé alguno y lo leí por casualidad- Dijo ella con
un tono travieso.
-Por favor llévame con Piko, necesito saber cómo está. Te
prometo que te dejaré leer mis libros, pero llévame con él.- Supliqué
finalmente.
-Está bien, pero no quiero que sigas faltando así de la nada
a la escuela. Esto es muy perjudicial para ti y lo sabes.- Indicó ella mientras
tomaba las llaves del auto y caminamos hasta la cochera.
Después del trayecto de 13 minutos hasta la casa de Piko,
bajé del auto para disponerme a entrar a la vivienda color celeste de dos pisos
donde él vivía; cada vez más cerca de saber lo que le ocurre.
Para mi sorpresa, mi tía Sora ya había abierto la puerta
antes de que yo llegara y supuse que me había visto llegar. Me dio un abrazo
contenta, recibiéndonos en casa.
-¡Rion! ¡Qué linda sorpresa! Vaya, has crecido bastante
desde la última vez que nos vimos.
-Nos vimos la semana pasada, tía.
-Bueno, creces rápido linda. Raquel, ¿Les gustaría almorzar
algo? Estoy haciendo burritos…
-En realidad, sólo he venido a dejar a Rion, me insistía en
que quería ver a Piko, así que la traje.
-Ah, te entiendo, yo también estoy algo ocupada con las
labores.- Dijo a mamá y luego se dirigió a mí – Entra linda, Piko está en su
habitación; si quieres, deja tu mochila en la sala.
Y eso hice. Entré lo
más rápido posible (tratando de no parecer tan obvia, claro), dejé mi mochila a
lado del sofá banco en la sala y me dispuse a subir los escalones de concreto
que me llevaban a la segunda planta. Un poco agotada, llegué a la habitación de
Piko y tenía la puerta cerrada. Una pequeña tabla de madera con su nombre hecho
de botones azules y verdes me encaró antes de que yo tocara la puerta.
-¿Quién?
-Soy yo… Rion. –Dije con la voz entrecortada de los nervios
y en un tono a penas audible.
Él no respondió.
Sentí una punzada en el estómago que hizo que mi respiración
se entrecortara, mis ojos estaban abiertos de par en par mientras con
desconcierto miraba la tabla con su nombre en botones colgada en la puerta de
madera. ¿Qué podría estar pasando? Esa pregunta resonaba en mi cabeza sin
haberme percatado de que seguía ahí parada después de unos 7 segundos.
En ese momento fugazmente la puerta se abrió y un brazo se
alargó hasta alcanzarme, jalándome rápidamente hacia la habitación. Aturdida,
sólo pude ahogar un grito antes de caer de cara contra la cama. Oí que cerraron
la puerta con pasador y entonces pude voltear. Ahí estaba Piko de pie recargado en la puerta con
los ojos enrojecidos y una mirada afligida. No recordaba haberlo visto así
muchas veces, cosa a la que tal vez nunca podría acostumbrarme nunca. Dolía lo
suficiente.
-Ahh…- Dije con la voz entrecortada y los ojos bien
abiertos, tratando de hacer contacto visual con él.
Entonces él se lanzó hacia mí rodeándome con sus brazos,
ambos tirados en la cama, Piko rompió en llanto. Yo confundida, sólo comencé a
acariciar su cabello, tratando de brindarle consuelo; él escondió su cabeza en
mi pecho, mientras gritaba desesperadamente. Yo tomé con ambas manos su cara y
besé su frente, encontrándome luego con esos tiernos ojos que suplicaban
desahogarse.
-Ya… tranquilo Piko.- Dije aún acariciando su cabello
blanco, tratando de no romper en llanto también.
Él intentó decir algo, pero su llanto no me permitía
comprender ni una palabra. Después de unos minutos logró calmarse, tuve miedo
de llamar a mi tía, ya que no sabía si era una situación personal lo que lo
tenía tan triste. De nuevo pude entender sus palabras con claridad.
-Tonta.- Dijo rompiendo el silencio- Te estaba esperando.
-Y tú me tenías muy preocupada idiota.- Contesté con los
ojos cerrados. Me aliviaba verlo mejor.
-Lo siento.- Sonrió sentándose en la cama. Luego yo hice lo
mismo, para poder pedirle una explicación.
-Tú… ¿Qué te ha pasado en estos días? no me has respondido el
teléfono, jamás te has conectado, ¡Ni siquiera has respondido mis mensajes!-
Dije en un tono indignado.
-Yo… la verdad lo siento. – Dijo ruborizándose.- En verdad
me hacía falta hablar contigo hoy.
-¿Por qué lo dices?- Dije confundida.
-Necesito decirte algo importante.-Comentó tomando un tono serio.
-Te escucho.
-Pero necesito que lo tomes con calma.- Aquellas palabras me alarmaron bastante.
-E-sta bien…-Mi corazón comenzó a latir con fuerza y mi
cabeza se llenó de pensamientos como “¿Qué está pasando? ¿Por qué lo dice tan
serio? ¿Qué es tan importante?” Y mi alma se sentía intranquila.
-Hoy en la mañana… más temprano, decidí entrar a mi correo,
cosa que sabes rara vez hago. Ahí tenía un mensaje de la compañía de papá, por
lo que supuse que cuando entró a trabajar puso mi correo como referencia, antes
que tuviera el suyo o ehhh… bueno, ¡Ese no es el punto!- Prosiguió- En el
correo decía que necesitaban contactar a la empresa de seguro de vida que usaba
papá…
-E-spera…- Interrumpí- Pero eso… ¿No significa que mi tío
está…? – Mi voz se fue cuando razoné lo que podría haber pasado.
-Está muerto.- Dijo Piko con su mirada vacía, sin emociones.
Podía ver como se esforzaba por no debilitarse otra vez.
-¿Es en serio? N-No… no puede ser…- El desconcierto me
invadía, mi corazón latía con más fuerza. - ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo?
-El correo fue enviado ayer a las 10:37 P.M., al parecer
ellos no tienen el teléfono de nuestra casa y mamá no tiene correo electrónico.
Está dirigido a “la señora Utatane”, pero no hallaron remedio más rápido que
enviármelo a mí. Según decía, lo hallaron muerto a causa de balas ayer en la
noche, cerca de Angel’s Palace.
-¿Ya se lo dijiste a mi tía?
-No hallo la forma de decírselo… no quiero lastimarla tan
fuertemente.
-Es su esposo. Necesita saberlo cuanto antes.
-Ese es el problema.
-¿Qué?
-Que no quiero herirte tampoco a ti.
-¿Q-qué quieres decir?
-Había droga en la escena del crimen. Creo que mi papá era
adicto. Tengo miedo de que algo peor haya pasado. De que se metiera a él o a
nosotros en algún lío.
-Debes confiar en que no llegará a mayores este problema,
pero por ahora debes decírselo a m tía, AHORA.- Dije resaltando la última
palabra para indicarle que en verdad no podía esperar más tiempo. – Yo te ayudaré,
vamos.
-No sé cómo hacerlo, Rion.- Dijo apenado, desviando su
mirada.
-Sólo confía, te voy a ayudar. No podemos dejar que pase más
tiempo.
-¿Prometes que no la lastimaremos mucho?
-No más de lo necesario, lo prometo. – Dije y le di un abrazo. Era evidente que Piko necesitaba confianza, y yo me propuse brindársela.
-No más de lo necesario, lo prometo. – Dije y le di un abrazo. Era evidente que Piko necesitaba confianza, y yo me propuse brindársela.
Bajamos las escaleras sigilosamente, divisando todo el
primer piso para saber dónde estaba mi ti Sora. Cuando la vimos en la cocina,
ambos volteamos hacia el otro, mirándonos a los ojos con determinación y valor.
Ella parecía alegre como siempre; que mal que estropearíamos esa sonrisa que la
hacía ver hermosa e incluso más joven.
-Ah, chicos; a penas iba a hablarles para que bajaran a
comer, pero ya que están aquí…
-Mamá, tenemos algo importante que decirte.- Dijo Piko
interrumpiéndola. Conservaba la expresión seria, tratando de tomar todo con la
mayor calma posible.
-¿Y eso? ¿Qué ocurre, cielo?
-Por favor ven a la sala. Necesitamos hablar.- Dirigiéndose
al sofá blanco e invitando a su madre a sentarse junto a él, añadió- Es sobre
papá.
-Piko empiezas a preocuparme.
-Tú solo… tranquila.
Yo me senté al lado de mi tía, tratando de parecer
tranquila. Piko tomó mi mochila y sacó de ella mi laptop sin preguntar; la
encendió y después de teclear la clave accedió a internet para entrar a su
correo.
-Necesito que veas este mensaje, mamá. Lo descubrí hace a
penas unos minutos.- Mintió para ablandar un poco el golpe. Pronto mi tía Sora
estaría enterada de todo. Ella sólo veía con preocupación e intriga la
pantalla, sin saber que lo que estaba a punto de leer sería tan terrible.
-Yo… no lo entiendo. ¿C-Cómo puede pasar esto?- Dijo ya con
lágrimas en su rostro, me dolía profundamente verla así, pero no podía hacer
nada. Solamente la abracé tratando de no llorar, Piko se unió.
-Cómo lo siento- Fue lo único que logré decir.
Prontamente los gritos y gemidos de dolor se oían por toda
la casa, luego sonó el teléfono. Piko decidió contestar, no sin antes aclararse
la garganta para no dar sospecha alguna.
-¿Diga? –Hizo una pequeña pausa- Hola, tía Raquel.- Dijo
volteando a verme.- Eh… ella está ocupada. Pero, ¿Sería mucha molestia pedirte
que vengas?... Claro, por favor llega lo antes posible.
-¿Va a venir Raquel?- Dijo mi ti Sora secándose las
lágrimas.
-Sí, dice que llega en veinte minutos.
-Está bien, ustedes vayan a comer. Yo tengo que checar todo
esto.
Piko y yo fuimos al comedor y nos encontramos con un plato
lleno de burritos recién hechos. El olor penetrante era irresistible. Nos
sentamos a comer ambos, de manera que quedamos uno frente al otro. Compartimos
una mirada fugaz, sin poder aún sostenerla.
-Me pregunto si será mal momento para decirle que están
deliciosos.
-En momentos así, es mejor quedarse callado.
-Entiendo.
El incómodo silencio invadió la estancia, lo único que se
escuchaba era el tintinear de los cubiertos al usarse. Por alguna razón, me
sentía culpable.
-Rion, yo…- Dijo antes de que su voz se perdiera.
-¿Qué ocurre?
-Tengo miedo.
-¿De?
-De lo que pueda pasar.
-Tranquilo Piko. Todo estará bien.
-Eso espero.
Pasó un rato antes de que mi madre llegara. Mi tía Sora la
recibió y ambas fueron a la sala. Yo decidí ir al baño para poder escuchar lo
que sea que fuera a decirle. Mi tía ordenó a Piko que subiera a su habitación,
por lo que supe que había sido buena idea oír desde ahí. Giré lentamente el
picaporte tratando que hiciera el menos ruido posible y así escuchar con
claridad.
-Eso es lo que decía el correo.
-Oh, de verdad lo siento, no sabes cuánto.
-Está bien, tranquila.
-Hablo en serio, de hecho, hay algo que quiero decirte.
-Cielos, ¿Qué ocurre?
-A mí hoy me avisaron algo similar. Me llamaron del seguro
de vida de Alex para informarme que… bueno… él...- Su voz se apagó.
-No me digas que él también…
Silencio.
Sentí un dolor en el pecho tan fuerte que apreté los puños,
sin percatarme de que sostenía el picaporte con una mano lo que hizo que girara
bruscamente, delatandome.
-¡Rion! ¿Desde cuándo estás ahí?- Dijo mi madre sorprendida.
-Papá también se ha ido, ¿No?
-Rion, ¿Qué…?
-Está muerto.
Mi madre me miró con tristeza. Yo le di un abrazo intentando
calmarme.
-¿Cómo ocurrió?- Le dije aún sin soltarla.
-Lo hallaron… en el closet de limpieza. El estudio dice que
fue una sobredosis.
Había droga en la escena del crimen.
Recordé las palabras de Piko, que comenzaron a resonar
dentro de mi cabeza y atormentarme. ¿Era posible que ambas muertes estuvieran
relacionadas? ¿Mi padre era también adicto entonces?
Después, corrí escaleras arriba hasta el cuarto de Piko y
esta vez, fui yo quien me lancé a sus brazos.
-¡Rion! ¿Qué sucede?
-Mi padre también está muerto, Piko.- Dije con los ojos
llorosos.
Después de eso, decidimos dormir un rato para
tranquilizarnos, el día a penas comenzaba y había sido sin duda alguna un duro
comienzo.
Y ahí estábamos, ambos tumbados en la cama, pegados uno al
otro y tomados de las manos. Las lágrimas comenzaban a secarse y nuestros
corazones recobraban su ritmo normal.
Volvíamos a sentirnos tranquilos.
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